PORQUE PANAMÁ ES UN PAÍS EXTREMADAMENTE CORRUPTO DESDE SUS INICIOS

SIMPLE RESPUESTA POR SU MODELO CONSTITUCIONAL HECHO A LA MEDIDA DEL PRESIDENTE DE TURNO CADA 5 AÑOS.


Recuerde por quien esta usted en ese cargo


Redacción: JOSE AGUIRRE
Abogado y Comunicador Social
eltablero507.blogspot.com
eltablero507@gmail.com 

Panamá es percibido como un país extremadamente corrupto desde sus inicios porque su modelo constitucional ha sido históricamente reconfigurado a la medida del presidente de turno, permitiendo la concentración de poder, la debilidad de los controles y el uso discrecional de recursos públicos con cada nuevo quinquenio.



Origen del modelo constitucional

La Constitución de 1972, impuesta por la dictadura militar, fue diseñada para legitimar un régimen autoritario y concentrar poder en el Ejecutivo, debilitando el equilibrio entre poderes y facilitando prácticas clientelares y de captura del Estado. Desde entonces, las reformas sucesivas han conservado disposiciones que permiten que quien llegue al poder pueda reacomodar leyes y órganos de control a su conveniencia.

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Ciclo de “constitución a la medida”

Cada cinco años, con el cambio de gobierno, se repiten reformas legales, nombramientos de alto nivel y ajustes institucionales que favorecen al presidente electo en vez de consolidar reglas impares y mecanismos sólidos de transparencia. Ese patrón ha convertido el sistema jurídico en un instrumento de negociación y corrupción estructural más que en un marco estable de limitación del poder.


LA CENTRAL 1960

Quienes nacimos después de 1960, muchos en los años 80, crecimos viendo la Central de la ciudad de Panamá no solo como un lugar, sino como un símbolo: el corazón de un país que supo soñar con algo más grande que la corrupción, la desigualdad y la opresión. Ese dolor que siente quien hoy mira hacia atrás no es retraso personal, es memoria compartida. Es el peso de saber que, desde hace décadas, varias generaciones han pasado “por lo mismo”: el mismo poder en manos de pocos, los mismos discursos vacíos, las mismas promesas incumplidas.

No se trata de un problema solo de fechas ni de una queja individual; se trata de reconocer, como sociedad, que llevamos más de 40 años perdiendo: perdiendo valores, perdiendo instituciones serias, perdiendo la confianza en que la justicia proteja a todos por igual. Hemos cambiado calles, edificios, banderas, presidentes, pero en el fondo muchas cosas siguen igual: el mismo esquema de poder, el mismo nepotismo, la misma corrupción disfrazada de legalidad. Panamá no está atrasada solo en el reloj, está enferma en el alma.

Ese malestar que hoy muchos sienten, esa rabia contenida, ese vacío que dejan los discursos huecos, puede ser precisamente el inicio de otra historia. Porque no es resentimiento ciego, sino conciencia: el dolor de ver que, día a día, como país nos hemos ido quedando atrás, que los jóvenes se van, los talentos se apagan, y lo que queda son ruinas de oportunidades perdidas. Si hay algo que urge, es que ese dolor no quede solo en el pecho: que se convierta en compromiso, en exigencia, en acción colectiva.

 

Panamá no puede seguir sufriendo 40 años más bajo el mismo modelo. Es hora de construir, entre todos, un futuro donde el poder emane realmente del pueblo, no del presidente de turno, donde el mérito cuente más que la cercanía al poder, y donde la justicia sea la misma para quien caza una iguana que para quien roba cien millones. La Central de la ciudad nos recuerda de dónde venimos; la responsabilidad es decidir, hoy, hacia dónde queremos ir.


MENTIRAS QUE SE REPITE SIEMPRE POR QUIENES OSTENTAN EL PODER EN LOS 4 ÓRGANOS DEL ESTADO.

1. “Los órganos del Estado son independientes”

Constitución mediante, el presidente de la República propone y el Legislativo ratifica o rechaza a magistrados de la Corte Suprema, al Procurador de la Nación, a miembros del Tribunal Electoral, del Tribunal de Cuentas y otros altos cargos, lo que hace que el Ejecutivo tenga un poder decisivo sobre la alta judicatura y organismos clave.panamaamerica+1
Aunque la Constitución habla de independencia judicial y de imparcialidad, la práctica muestra que esos nombramientos suelen ser “a la medida” del gobierno de turno, más que el resultado de competencias técnicas públicas.

2. “La Asamblea Nacional es independiente y neutraliza al poder”

La Carta Magna le atribuye a la Asamblea el poder de juzgar a los magistrados de la Corte Suprema, y a la Corte el de juzgar a diputados; pero en la práctica casi nunca se ha abierto un proceso serio contra un magistrado en la historia reciente, y casi nunca se ha sancionado con fuerza a un diputado.

Ese “pacto de no agresión” entre Legislativo y Judiciario refuerza la idea de que la independencia es de papel, mientras los poderes se protegen mutuamente y priorizan la política sobre la rendición de cuentas.

3. “No hay nepotismo y cualquiera puede llegar”

La ley sanciona el nepotismo: se considera falta grave nombrar en cargos públicos a cónyuges, parejas de unión consensual y parientes cercanos, con riesgo de destitución.
Pese a eso, siguen aflorando casos de alcaldes, ministros, directores y legisladores que colocan a familiares, parejas o “acompañantes” en puestos con salarios de varios miles de dólares al mes, mientras títulos y méritos quedan en segundo plano.

4. “Todos somos iguales ante la ley”

El discurso oficial insiste en que “todos somos iguales ante la Ley”, pero en la realidad se observa una justicia claramente selectiva: políticos y empresarios con recursos consiguen medidas cautelares, casa por cárcel o, en muchos casos, escapar de condenas duras, mientras delitos menores se castigan con prisión de alta seguridad.

 La percepción ciudadana es que “el que tiene dinero sale libre, el que caza una iguana va pa la chirola (Mega Joya) y el que roba cien millones va al RENACER”, o sale libre por un tecnicismo jurídico lo que erosiona por completo la credibilidad del sistema.

 Panamá es tan corrupto no porque sus ciudadanos sean “malos”, sino porque su marco institucional fue diseñado y se ha mantenido para que el poder real emane del presidente de turno, no del pueblo. Desde 1903, cada cinco años el Ejecutivo propone y coloca magistrados, procuradores, altos cargos y reformas a la medida, mientras Legislativo, Judiciario y los demás órganos se acomodan más a la política de gobierno que a la rendición de cuentas y la independencia real. Esa estructura formalmente “democrática” pero en la práctica capturada convierte la Constitución en un instrumento de poder personal, no en un contrato social entre el pueblo y sus gobernantes.

Reflexión 

La corrupción, en este contexto, no es un accidente: es el primer y más claro indicador de que el sistema está enfermo. Abre la puerta a pobreza, desigualdad, desempleo y violencia, porque el Estado deja de invertir en salud, educación y justicia para convertirse en botín de partidos, grupos económicos y familias influyentes. Cuando el hijo del diputado, la esposa, la amante o el “quitafrio” ocupan puestos de 5.000 dólares al mes, mientras profesionales capacitados se queman en la calle, el mensaje es claro: el mérito no importa, importa la cercanía al poder. Y cuando el que tiene dinero se libra y el que caza una iguana va a la cárcel, se destruye por completo la confianza en que la ley proteja a todos por igual.

Urge, por tanto, un marco constitucional distinto: una reforma que haga que el poder emane genuinamente del pueblo, no del presidente de turno. Eso implica nombramientos técnicos y transparentes, controles independientes, límites reales a la reelección y concentración de poder, y sanciones estrictas contra el nepotismo, la corrupción y la justicia selectiva. Sin ese cambio constitucional profundo, lo que se avecina es una muerte anunciada del sistema: más corrupción, más pobreza, más desconfianza social y, eventualmente, una crisis institucional que el país ya no podrá contener. La corrupción no es solo un delito; es el síntoma de un sistema político caduco que ya no representa al pueblo, sino a sus dueños de turno.

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